La honorabilidad en la violencia
El cine de Tarantino es tan personal que parece un milagro que con ese posicionamiento, tan poco comercial, tenga tanto éxito entre el público. Todo lo que vemos en pantalla es exactamente tal y como él lo ideó. Respondiendo a una forma de hacer que se aproxima más al concepto que acuñaron, en su día, La Nouvelle Vague, como cine de autor, que al concepto de Blockbuster. Si a eso añadimos su éxito dentro de la crítica. Tenemos no solo un cineasta de éxito comercial, sino también a un cineasta respetado y valorado como artista. Ha conseguido lo que pocos directores han conseguido lograr. Hacer comercial y exitoso su mundo interior. Y si conecta y tiene éxito con la audiencia es porque es capaz de generar modas que no caducan, alimentándose de entre otras influencias, de la cultura pop, el cine de serie B marginal y de saber apropiarse y reinterpretar iconos ya previamente establecidos. Todo ello, parece hacer de forma inconsciente, ya que lo único que trata de hacer Tarantino, es dar rienda suelta a sus pasiones, a aquello que el ama, sin preocuparse de si es marginal o no.

La imagen que tenemos del cine de Quentin es la de un cineasta con un estilo, una forma de entender el cine, que encuentra su equilibrio entre conceptos muy dispares e incluso contradictorios. Por eso muchos cineastas que tratan de copiar este estilo fracasan. Es un tono, en el cual, es muy difícil encontrar el equilibrio entre la sofisticación, la gamberrada, la comedia negra o el drama. En definitiva, su cine bascula entre conceptos tan diferentes, entre sí, que parece imposible conciliar un equilibrio, en resumidas cuentas, entre lo liviano y lo denso. Curiosamente esto último, lo denso, es lo que parece estar más escondido o menos valorado en su cine. La impresión que tengo, es que la gente va a ver sus películas, básicamente, porque se entretiene, disfruta viéndolas. Pero me atrevería a decir que, mayoritariamente, su público no busca reflexión y trascendencia en ellas. El aroma «cool» que desprenden todas sus obras es lo que ha conectado y calado en la audiencia. Siendo en gran parte el responsable de su éxito. Pero también, siendo, en gran parte, el responsable de que, muchas veces, no se le acabe de tomar en serio. Ya que esa aura «cool», en muchos casos oculta o deja en segundo término, otros conceptos que forman parte de su, interesantísima, obra fílmica.
Un claro ejemplo, de cómo su cine bascula de lo liviano a lo profundo se ve, de forma clara, en el famoso monólogo, que parece sacado de la biblia, Ezequiel 25 17, el cual recita Jules (Samuel L. Jackson) varias veces en Pulp Fiction (1994). Muchos espectadores, como el mismo Jules al inicio de la historia, les parece un diálogo «cool» para recitar antes de matar a alguien. Pero una vez el relato está a punto de finalizar. Ese monólogo es reflexionado y profundizado por Jules. Haciendo que, tanto él como el espectador, tomen de conciencia sobre el verdadero significado profundo que conllevan esas palabras, que va más allá del sentido sofisticado y «cool» que en apariencia solo poseían. Generando en el personaje y en el film un cambio, una consciencia de profundidad que el personaje y el film, en apariencia, carecían tener. Este pequeño ejemplo, evidente, arroja luz sobre esa otra cara, muy importante, de su cine que hasta día hoy parece no ser tan valorada. Un aspecto más profundo de su cine que, aunque no se le dé tanta importancia. Si tomamos consciencia de él, veremos que siempre estuvo ahí, esperando también ser disfrutado.

Para arrojar luz, sobre otros aspectos de su cine que, a mi juicio, son los que le dan una mayor dimensión a su obra, que mejor ejemplo que tratar de vislumbrar ese aspecto trascendente con su film más icónico. Aquel que le llevó a ser tan querido y popular. Y este es, sin lugar a dudas, el ya citado, Pulp Fiction (1994). Quizás su película que más impacto generó, pero de la que, a pesar de que uno pueda llegar a recordar sus icónicas escenas e incluso recitar muchos de sus diálogos de memoria, poco parece haber calado lo que subyace de esta obra. Quizás su cine este diseñado para ser así. La forma se impone al contenido y es lo que perdura. No lo pondré en duda, ni lo infravaloraré. Pero creo que lo que subyace de sus imágenes, de su historia, también puede ser valioso y remarcable, aunque quede relegado a la sombra.
Para ello me voy a centrar en analizar uno de los tres relatos del film. Concretamente, la historia de “El reloj de oro”. A mi parecer, la más interesante.
“El reloj de oro” nos presenta la historia de Butch Coolidge (Bruce Willis). Un boxeador tosco y rudo que ha decidido engañar al jefe de la mafia de Los Ángeles, amañando a sus espaldas, un combate de boxeo que tenía acordado perder. La historia ya está presentada en el capítulo anterior “Vincent Vega y la mujer de Marsellus Wallace”. El jefe mafioso Marsellus Wallace (Ving Rhames) quiere que Butch se deje ganar en el combate y le habla del orgullo. De cómo Butch lo tiene que dejar de lado para ganar el dinero que los dos han pactado en las apuestas. Tiene que venderse. Y aquí empezamos a vislumbrar de que habla realmente la historia. De entrada, parece que el tema del que tratará la historia es el orgullo. Pero no se trata de eso, la historia que nos presenta nos va a hablar sobre la honorabilidad.
Cuando empieza el capítulo “El reloj de oro” vemos a Butch de niño. Su presentación es muy interesante porque lo primero que vemos es una pantalla de televisión. No vemos ni siquiera la televisión, sus márgenes, solo la pantalla. El joven Butch está literalmente engullido por el televisor, que mira a un palmo de distancia. Una mirada que podría ser autobiográfica, puesto que Quentin, al igual que Butch, creció y vivió con la ausencia de su padre, viendo todo el día la televisión como principal fuente de compañía. La dimensión y distancia con el televisor deja claro cuál es la realidad que impera en su vida. Es la realidad filtrada por la ficción.

El niño está viendo unos dibujos animados, cuando su madre entra en el comedor, junto a un hombre vestido de militar. Toda la escena está rodada desde el punto de vista del niño. La lente angular deforma y agranda el espacio, y el ángulo de la cámara es contrapicado a ras del suelo. El hombre, el Capitán Koons, interpretado por Christopher Walken, prácticamente habla a cámara. Con este planteamiento, la mirada del joven Butch se vuelve nuestra mirada, creando una simbiosis e identificación entre el niño y el público. El veterano de guerra le explica una historia sobre el tatarabuelo, el abuelo y del padre del joven Butch. Toda la historia de estos, gira alrededor de un reloj que ha pasado de generación en generación, acompañándolos en sus periplos, dramáticos, durante las respectivas guerras que tuvieron que sufrir. Desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Segunda Guerra Mundial, hasta la Guerra de Vietnam. A través de la familia de Butch y de este reloj, que acompañó a sus familiares en cada una de esas guerras, asistimos, sin darnos cuenta, a la historia de Norteamérica. La historia de este país y su relación con la violencia. Todo esto sublimado en este reloj que ha sido testigo de ello y se ha convertido en una especie de amuleto venerado por sus ancestros.

La genialidad de la historia que nos va relatando, el traumatizado soldado interpretado por Christopher Walken, en claro homenaje, al personaje que interpretó en el film The Deer Hunter (1978) de Michael Cimino, está en contraponer la épica historia que se relata con elementos desmitificadores y casi de apariencia ridículos. Como el hecho de que su padre y compañero, durante la Guerra de Vietnam, el capitán Koons, una vez capturados por el Vietcong, tuvieran que esconder el reloj, en el interior de sus respectivos culos, para que los vietnamitas no se lo arrebataran. Si John Ford decía en su emblemático film The Man Who Shot Liberty Valance (1962) “Cuando la leyenda se hace realidad, imprime la leyenda”. Tarantino parece decirnos, cuanto más desmitificadora y menos idílica sea la realidad, más mítica y legendaria acabará siendo.
Cuando Butch descubre que Fabienne ha olvidado el preciado reloj de oro en el apartamento. Butch decide volver para tratar de recuperarlo. En ese instante, se pone en conflicto el valor del objeto. Ya que es una locura volver al apartamento para tratar de recuperarlo, sabiendo que es muy probable que los gánsteres estarán allí esperándole para matarlo. Y ahí radica la complejidad del objeto y la belleza he interés del relato. La obstinación de un hombre, a quien, al inicio del relato, solo parecía importarle el dinero, tiene la necesidad de recuperar un bien material de tan escaso valor monetario. Pero, por otro lado, de gran carga emocional y simbólica. Recuperarlo no es un gesto práctico y racional. Es un gesto pasional, emocional. Tarantino sabe, igual que nosotros, que lo que intenta recuperar no es un simple reloj, es de entrada su legado. Una responsabilidad heredada. Después, a medida que avance el relato, comprenderá que es mucho más que eso. No solo es recuperar su legado, es ganárselo. Y para ello deberá ser digno de él. Y para merecerlo, aunque no es consciente de ello, deberá recuperar su honorabilidad.
Butch es un personaje amoral, sin empatía al inicio del relato. Durante su viaje en taxi no siente remordimientos al conocer la muerte del boxeador con el que acaba de pelear. Se jacta de ello y se muestra prepotente al hablar por teléfono sobre el boxeador fallecido y de cómo su plan de engañar a la mafia, para enriquecerse aún más, ha salido a la perfección. En el buen cine los diálogos suelen mentir y la imagen decir la verdad. El movimiento circular, alrededor de la cabina telefónica, mientras Butch habla, encierra a nuestro personaje y nos sugiere que la historia todavía no ha acabado. Aún está atrapado por su conducta amoral. Es un personaje incompleto, desdibujado por ello. Toda la historia gira entorno a una huida hacia delante de Butch, aparentemente, de los gánsteres que van tras él. Pero en realidad, de lo que está huyendo es de sí mismo, de su destino. Un destino que no quiere enfrentar y que, sin saberlo, la necesidad de recuperar el reloj de oro le hará enfrentarse a él.
En dos momentos del relato Butch se despierta alterado, como si despertara de una pesadilla. Su inconsciente le habla, no le deja descansar. La primera vez es la elipsis que se genera entre el Butch niño y el ya adulto. Después de contar el soldado la historia del reloj y ofrecérselo a Butch, sin pensarlo, sin sopesar realmente los valores y responsabilidad que conlleva tener ese reloj, lo coge rápidamente
En otro momento dado. Una vez Butch parece haber burlado, por el momento, a los gánsteres y descansa en una pequeña habitación de motel junto a su novia. Butch se vuelve a despertar sobresaltado sin saber por qué. Ya que como él dice, pocas veces recuerda sus sueños. Como si nunca pudiera descansar del todo. Tarantino quiere mostrarnos, una vez más, a través de estos despertares abruptos, como Butch no tiene la conciencia tranquila. No ha llevado este reloj de forma íntegra. No se lo ha ganado.
Si la historia está trazada para hablarnos de un hombre que lleva toda la vida huyendo de sus responsabilidades, de sus valores, de quien debe ser. Hacia el final del relato, la escena en la que Butch y Marsellus son capturados y retenidos, con perversas intenciones, por un policía y el dueño de una vieja tienda de empeños, es clave y de vital importancia para el desarrollo narrativo del relato y psicológico de nuestro personaje. La situación que viven no es solo una simple cita o guiño al film Deliverance (John Boorman 1972), donde acontece una situación similar. Es vital para la historia de nuestro protagonista porque marca un punto de inflexión en él. Mientras el policía viola a Marsellus, Butch consigue desatarse y escapar del sótano donde están retenidos. Después de conseguir abrir la puerta de la tienda que da al exterior y le dará su libertad, a pesar de que ya tiene el reloj en su poder, Butch es incapaz de irse y abandonar a Marsellus en esa dramática situación. Ya no puede seguir huyendo de sí mismo. Butch ya no es el mismo que al inicio del film, cuando mata a otro boxeador, sin pestañear, sin sentir lástima o compasión por él, una vez es informado de ello. Su conducta se ha humanizado. Empieza a entender y a conectar con un lado de su ser que empatiza con el sufrimiento de los otros. En este caso, con el sufrimiento de Marsellus. El hombre que irónicamente había tratado de matar, hace unas escasas horas, atropellándolo con su coche.
Este cambio de actitud le lleva enfrentarse a los violadores y salvar Marsellus. Inconscientemente, está empezando entender lo que realmente significa este reloj y que tiene que hacer para estar legitimado a tenerlo, por derecho propio. Butch se tiene que enfrentar a su destino heredado. Pero no por lazos consanguíneos, sino por lazos honorables. Esta vez va a ganárselo, merecerlo. Pero eso no es lo más importante. Porque en realidad, ya no lucha para recuperar o poseer el reloj en sí mismo, sino lo que representa. El reloj es un recordatorio, un símbolo de una honorabilidad que él no posee. Y solo viviendo su propia guerra, al intentar salvar al jefe mafioso de sus depravados captores, en vez de huir como ha hecho durante todo el relato, seguramente durante toda su vida, va a recuperar algo más importante que un reloj. Va a recuperar su honorabilidad.
Con un travelling hacia su rostro, Tarantino muestra este dilema, esta decisión, este cambio emocional en el personaje, esta evolución. Cómo diría Jean-Luc Godard: “Un travelling es una cuestión moral”.

Una constante en la filmografía de Tarantino y donde radica uno de sus grandes talentos, más valorados, es como sus films están repletos de citas y complicidad hacia otras películas.
Por lo tanto, cuando Butch busca el arma adecuada para entrar en batalla y salvar Marsellus, vemos perfectamente hilada la cita o referencia a otros films, con su propio relato. La primera arma que prueba es un martillo. Esta arma hace referencia cinéfila a The Toolbox Murders (1978) de Dennis Donnelly. La siguiente, es un bate de béisbol que podría aludir a The Untouchables (1987) de Brian De Palma. Después prueba una sierra mecánica que sería una clara alusión a La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper. Y finalmente, la katana, que haría referencia a una, larguísima, lista de films japoneses de artes marciales, de los cuales, al igual que los otros films citados, Tarantino es un grande admirador. A pesar de poder ser reconocible la cita a otros films, su existencia obedece a algo mucho más profundo que requiere su relato. Tarantino nos está diciendo que en función del arma que escoja Butch, se desarrollará un tipo de tono y personaje. Y ni el martillo, el bate o la sierra mecánica son las armas correctas para su misión, porque no representan adecuadamente la emoción que mueve al personaje. No es azar que el encuentro fallido con estas, esté representado en el mismo encuadre, distante y plano, dándoles el mismo valor. Por ese motivo, Tarantino elige otro plano, otro punto de vista, para enaltecer el encuentro de Butch con el arma que posee estos valores de decoro que requiere su misión. Con un plano ciertamente picado descubre el arma que necesita para cumplir su cometido. El ángulo elevado muestra cómo esta arma se eleva a nivel moral por encima de las otras. A diferencia de las otras armas que encuentra rebuscando en el mostrador. La posición del encuadre es el punto de vista del arma. Parece que el arma le está mirando, le está eligiendo. Cuando Butch le devuelve la mirada se establece una conexión, un flechazo entre ambos. Como si se tratara de una idiosincrasia preconcebida. Algo que es palpable a nivel energético a lo largo de toda la historia. Su destino parece haberlo llevado a este momento. Esta arma, como no, es una katana samurai. Un arma noble, perfecta por su misión.


Butch vuelve al sótano. Al bajar las escaleras, vemos la pared decorada con muchos relojes, en clara alusión al elemento que gira en torno la historia. Son relojes llenos de polvo y telarañas, de diferentes épocas y marcando horas diferentes. El pasado y el presente se dan la mano creando y mostrando el bucle temporal en qué Butch está inmerso. Un bucle temporal de violencia que se repite una y otra vez. De padres a hijos en que el protagonista está inmerso. Un pasado, presente y futuro marcado por la violencia. Butch, como los Estados Unidos, parece estar, atrapado en el tiempo, en una espiral eterna de violencia.

En el momento en el que Butch decide salvar a Marsellus, recupera su humanidad, su alma. Y eso le hace estar en paz consigo mismo, pase lo que pase. Por ese motivo, después de salvar a Marsellus, no huye y acepta las consecuencias de sus actos. Dejando que Marsellus decida si va a vivir o morir. Nuestro personaje ha completado su arco dramático. Ya no necesita huir de sí mismo. Ya tiene la conciencia tranquila, está en paz. Y si Marsellus le perdona la vida, sin lugar a dudas, Butch podrá volver a soñar por las noches. Y por primera vez llevar su preciado reloj de oro, por derecho propio, con orgullo y dignidad.

A pesar de que la violencia en el cine de Quentin Tarantino siempre será recordada más por factores lúdicos y estéticos. No deja de ser una de las diferentes capas que componen su obra. Quizás la más evidente y recordada. Pero no hay que olvidar otros factores de índole moral que también poseen y sustentan muchas de las situaciones violentas que se narran en sus films. Pueden ser situaciones violentas cómicas, dramáticas e incluso terroríficas. Pero eso no está reñido con que también puedan tener un peso moral y trascendente. Con la historia «El reloj de Oro» queda reflejado como Quentin Tarantino parece decirnos que, a través de la honorabilidad, la violencia puede tener un verdadero peso y sentido moral. Un concepto muy arraigado en el mundo de los samuráis que tanto inspira este autor. En el que Kill Bill (2003) sería, formalmente, el largometraje en el que esta fascinación se hace más evidente. Sin embargo, su genialidad radica en cómo trabaja la profundidad de esta idea clásica. La honorabilidad de la violencia, bajo un efecto «cool» que nos cautiva y puede sernos en muchos casos divertida. Esa forma de proceder que, de forma deliberada, Tarantino escoge, deja en otro orden, menos evidente, su parte profunda y trascendente. Pero a pesar de no ser tan visible, evidente y valorada. Ese sentido más profundo de su obra forma parte innegociable de su cine y por lo tanto no hay que olvidar su trascendencia.
